«El cristianismo, que después de trescientos años de persecuciones, se convirtió a su vez en dominador, fue más perseguidor que ninguna religión lo había sido nunca. Cuando se ha vertido la sangre por una causa, se es muy propenso a verter la de los otros para conservar el tesoro conquistado».
ERNESTO RENÁN, «Historia de los orígenes del cristianismo», Segunda Parte, «Los Apóstoles», pág. 377.
El 26 de agosto de 1789, en los comienzos de la Revolución Francesa, la Asamblea Nacional Constituyente proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano. Fue un paso fundamental en la historia de los derechos humanos solamente precedida por la Declaración de Derechos en la Constitución de Virginia y en la de los Estados Unidos redactadas en 1776 por Thomas Jefferson basadas en la filosofía liberal del filósofo inglés John Locke.
En 1791 el papa Pío VI dio a conocer la encíclica «Quod aliquantum» en la que afirmaba que «no puede imaginarse tontería mayor que tener a todos los hombres por iguales y libres».
En 1832 el papa Gregorio XVI reafirmaba lo dicho por su antecesor mediante la encíclica «Mirari vos» y decía que una cosa como «la libertad de conciencia» era un error «venenosísimo».
En 1864 apareció la encíclica «Syllabus» en la cual el papa Pío IX condenaba numerosos «errores» de las sociedades democráticas, entre ellos y muy especialmente la libertad de conciencia.
En 1888 el papa León XIII estableció en su encíclica «Libertas» los males del liberalismo y del socialismo, según él nefastas consecuencias de la Ilustración del siglo XVIII, indicando que «no es absolutamente lícito invocar, defender, conceder una híbrida libertad de pensamiento, de prensa, de palabra, de enseñanza o de culto, como si fueses otros tantos derechos que la naturaleza ha concedido al hombre».
En 1906 el papa Pío X dirigió el fuego celestial hacia la ley francesa que separó la Iglesia del Estado, en su encíclica «Vehementer» donde dice: «Que sea necesario separar la razón del Estado de la de la Iglesia es una opinión seguramente falsa y más peligrosa que nunca, porque limita la acción del Estado a la sola felicidad terrena, la cual se coloca como meta principal de la sociedad civil y descuida abiertamente, como cosa extraña al Estado, la meta última de los ciudadanos, que es la beatitud eterna preestablecida para los hombre más allá de los fines de esta breve vida».
Desde su punto de vista Pío X tenía razón. La unión del Estado y la Iglesia viene casi desde el principio del cristianismo, que fue la principal causa de la caída del Imperio Romano (lo dicen por ejemplo Gibbon y Renán, entre tantos otros), que canibalizó el Estado Romano y lo suplantó hasta en su denominación: Iglesia Católica (es decir, universal, concepto típicamente romano) Apostólica Romana. Mientras los emperadores como Marco Aurelio y los Antoninos gobernaron con los principios del estoicismo el mundo conocido vivió su mejor época en la historia. Luego vino el cristianismo y lo destruyó todo. Pero se reservó las costumbres y lugares de culto paganos, con otras formas a veces, en su provecho: el culto de los santos y las vírgenes, las imágenes, las procesiones, los cirios, las visitas a los antiguos lugares sagrados del paganismo, los milagros, las reliquias, la mitra, que representa el culto al Sol (¡qué casualidad! el dios Mitra también nació un 25 de diciembre en una cueva oscura y los pastores fueron los primeros que le encontraron y le adoraron, le trajeron regalos, oro y esencias, su madre era una virgen, llamada Madre de Dios) en la cabeza de los altos dignatarios, la formación de una oligarquía de emperadores (los papas) y de príncipes (obispos, arzobispos, etc.).
Todo lo cual hubiera horrorizado al carpintero de Nazareth.
Carlos Canta Yoy
