Del ADN a la inteligencia artificial en la arquitectura del poder

La política siempre ha intentado responder una misma pregunta: ¿por qué las personas piensan, votan y se agrupan de determinada manera? Durante siglos las respuestas se buscaron en la filosofía, la historia, la economía o la sociología. Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XX comenzaron a surgir enfoques que incorporaron nuevas dimensiones de análisis y modificaron profundamente nuestra comprensión de la conducta humana.
Un punto de inflexión se produjo cuando el filósofo francés Michel Foucault introdujo el concepto de biopolítica en sus cursos del Collège de France durante la década de 1970 (Nacimiento de la biopolítica). Foucault señaló que el poder moderno ya no se limitaba a gobernar territorios o imponer leyes, sino que comenzaba a administrar la vida misma de las poblaciones. La salud pública, la educación, la natalidad, la mortalidad, las epidemias y las condiciones de trabajo pasaban a formar parte de una nueva tecnología de poder cuyo objeto central era la vida biológica de los ciudadanos.
Aquella idea abrió una perspectiva inédita. Si la política podía influir sobre la vida, surgía inevitablemente una pregunta complementaria: ¿hasta qué punto la propia biología influye sobre la política?
La respuesta comenzó a tomar forma varias décadas después con el surgimiento de la genopolítica, una disciplina emergente que investiga la relación entre los genes y el comportamiento político. La aceleración de su desarrollo fue posible gracias a dos acontecimientos extraordinarios. El primero fue la finalización del Proyecto Genoma Humano en el año 2000, que permitió identificar y caracterizar aproximadamente veinte mil genes presentes en nuestra especie. El segundo fue la drástica reducción del tiempo y del costo de la secuenciación genética, lo que hizo posible estudiar poblaciones enteras con un nivel de detalle impensable pocos años antes.
Entre los pioneros de este nuevo campo se destaca James H. Fowler, científico social, profesor de Genética Médica y profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de California en San Diego. A partir del año 2008, con trabajos tales como: Two Genes Predict Voter Turnout (2008), Genetic Variation in Political Participation, Partisanship (2008), Voting and the Dopamine D2 Receptor Gene (2009) and Biology, Politics and the Emerging Science of Human Nature (2008); Fowler comenzó a demostrar que determinadas variantes genéticas podían estar asociadas con distintos niveles de participación política, comportamiento electoral y formas de asociación partidaria.
Aquellas investigaciones introdujeron una idea que parecía revolucionaria: las preferencias y conductas políticas no serían exclusivamente el resultado de la educación, la cultura o el contexto social, sino que podrían estar parcialmente influenciadas por predisposiciones biológicas heredables.
La genopolítica no sostiene que existan genes que determinen de manera absoluta si una persona será conservadora o progresista, ni que el ADN pueda predecir con exactitud el voto de un ciudadano. Lo que propone es algo mucho más sutil e interesante: ciertas características psicológicas relacionadas con la percepción del riesgo, la apertura a nuevas experiencias, la cooperación, la confianza o la sensibilidad frente a amenazas podrían tener componentes biológicos que influyen indirectamente sobre las preferencias políticas.
El debate adquirió una dimensión aún más fascinante cuando algunos investigadores comenzaron a estudiar no solo a los individuos sino también a sus redes sociales. Los autores hablaron entonces de un “paisaje genético de un individuo”, definido como la suma de sus propios genes y de los genes presentes en su círculo de amistades. El concepto invita a imaginar la existencia de verdaderos nichos genéticos dentro de las redes sociales, capaces de promover o inhibir determinados comportamientos colectivos.
Desde esta perspectiva, las personas no solamente compartirían ideas, valores o intereses con quienes las rodean; también podrían compartir ciertas predisposiciones biológicas que favorecen la formación de grupos relativamente homogéneos. Las redes sociales dejarían de ser simples estructuras de interacción para convertirse en ecosistemas donde biología y cultura evolucionan conjuntamente.
La investigación avanzó un paso más en 2011 cuando un equipo de catorce investigadores pertenecientes al United States Studies Centre, la University of Sydney y el Queensland Institute of Medical Research publicó en la revista Chicago Journals el artículo A Genome-Wide Analysis of Liberal and Conservative Political Attitudes. El estudio constituyó el primer análisis genómico integral de las actitudes conservadoras y liberales. Los investigadores analizaron cerca de 13.000 individuos pertenecientes a 2.774 familias, combinando información genética completa con un detallado cuestionario sociopolítico de cincuenta preguntas. Los resultados identificaron diversos genes candidatos potencialmente asociados con orientaciones conservadoras o liberales. Sin embargo, la principal conclusión fue aún más relevante: el comportamiento político surge de una compleja interacción entre genes, socialización y ambiente.
Los autores afirmaron que las orientaciones políticas son el resultado de procesos biológicos y sociales actuando simultáneamente a lo largo del desarrollo humano. Los datos obtenidos sugerían la existencia de influencias genéticas capaces de contribuir a explicar ciertas orientaciones ideológicas que los modelos exclusivamente socioambientales no alcanzaban a describir completamente.
La genopolítica apenas había nacido. Desde las primeras publicaciones de Fowler en 2008 hasta la actualidad ha transcurrido muy poco tiempo para evaluar el verdadero alcance de una disciplina tan novedosa. Sin embargo, todo indica que su crecimiento continuará acelerándose a medida que la secuenciación genética masiva se vuelva más accesible y que las bases de datos genómicas alcancen dimensiones planetarias.
Hace algunos años parecía razonable imaginar que las encuestas electorales podrían complementarse con información genética. En el artículo Genes & Genopolítica II. Actitud conservadora o liberal (2021) se sugería incluso una posibilidad provocadora: que los encuestadores fueran algún día reemplazados por genopolíticos capaces de anticipar comportamientos electorales a partir de datos biológicos relativamente estables.
Pero mientras estas investigaciones avanzaban, una revolución paralela estaba transformando el mundo a una velocidad aún mayor.
Internet convirtió a cada ciudadano en un generador permanente de datos. Las redes sociales comenzaron a registrar opiniones, emociones, preferencias, vínculos personales y patrones de comportamiento. Por primera vez en la historia fue posible observar la dinámica de grandes poblaciones prácticamente en tiempo real.
La aparición de la inteligencia artificial produjo entonces un cambio cualitativo. Los algoritmos ya no se limitan a almacenar información; ahora pueden interpretarla, encontrar patrones ocultos, realizar predicciones, generar contenidos y recomendar acciones. Son capaces de analizar millones de interacciones humanas, detectar tendencias emergentes, anticipar cambios de opinión y construir escenarios políticos con una precisión creciente.
Así comienza a emerger una nueva etapa que podríamos denominar política algorítmica.
Si la biopolítica estudió cómo el poder administra la vida y la genopolítica investigó cómo la biotecnología influye sobre la conducta política, la política algorítmica analiza cómo los algoritmos y los sistemas de inteligencia artificial participan en la construcción de decisiones colectivas.
La diferencia es profunda. Los genes representan factores relativamente estables que acompañan a una persona durante toda su vida. Los algoritmos, en cambio, actúan dinámicamente sobre el flujo de información que recibimos cada día.
Determinan qué noticias vemos, qué contenidos aparecen en nuestras pantallas, qué mensajes tienen mayor alcance y qué temas dominan la conversación pública. Quizás estemos asistiendo al surgimiento de una nueva instancia reguladora del comportamiento humano: una capa algorítmica que, sin modificar nuestros genes, influye sobre la forma en que la interacción entre genoma y epigenoma se expresa en la vida social y política.
Por primera vez en la historia, gobernantes y ciudadanos comparten espacio con sistemas capaces de aprender, recomendar, persuadir y predecir. La inteligencia artificial comienza a intervenir en la elaboración de discursos políticos, el diseño de campañas electorales, el análisis de opinión pública, la planificación de políticas de gobierno y la simulación de escenarios económicos y sociales.
La pregunta central ya no consiste solamente en comprender por qué las personas votan de determinada manera. Tampoco basta con conocer qué factores biológicos pueden predisponer ciertos comportamientos. El desafío contemporáneo es entender cómo interactúan las predisposiciones genéticas, las experiencias sociales y los algoritmos inteligentes que median crecientemente nuestra relación con el mundo.
Tal vez la historia de las ideas políticas pueda interpretarse hoy como una secuencia de tres grandes etapas. La biopolítica nos enseñó cómo la política actúa sobre la vida. La genopolítica comenzó a mostrar cómo la vida influye sobre la política. La política algorítmica intenta comprender cómo las inteligencias artificiales intervienen simultáneamente sobre ambas.
En este nuevo escenario, la figura emergente ya no es solamente el ciudadano biológico estudiado por la biopolítica, ni el ciudadano genético analizado por la genopolítica. Aparece un nuevo protagonista: el ciudadano algorítmico, cuyas percepciones, preferencias y decisiones son moldeadas por una interacción permanente entre herencia biológica, experiencia social y, cada vez más, por la inteligencia artificial.
Quizás la predicción más acertada no sea el reemplazo de los encuestadores por genopolíticos, sino la aparición de dirigentes asistidos por sistemas de inteligencia artificial capaces de procesar millones de datos en segundos y de ciudadanos cuyas opiniones se forman en entornos crecientemente mediados por algoritmos.
Si el siglo XX estuvo marcado por el descubrimiento del poder sobre la vida y las primeras décadas del siglo XXI por el descubrimiento de la influencia de los genes sobre el comportamiento político, las próximas décadas podrían ser recordadas como la época en que la inteligencia artificial comenzó a convertirse en un nuevo actor de la historia.
El interrogante decisivo ya no es únicamente quién gobierna ni por qué votamos como votamos. La cuestión decisiva del siglo XXI es mucho más profunda: ¿qué ocurrirá cuando las decisiones colectivas surjan de la interacción entre genes, personas y algoritmos?
Referencias:
Michel Foucault. Nacimiento de la biopolítica. Curso en el Collège de France (1978-1979). Editorial Fondo de Cultura Económica. 2004
James H. Fowler, Laura A Baker, Christopher T Dawes Genetic variation in political participation. American Political Science Review. Cambridge University Press. 2008. Vol. 102, No 2, 233-248.
James H. Fowler, Jaime E. Settleb and Nicholas A. Christakisc. Correlated genotypes in friendship networks. PNAS, 2011, Vol. 108, No 5, 1993–1997.
Peter K. Hatemi y col. A Genome-Wide Analysis of Liberal and Conservative Political Attitudes. The Journal of Politics. 2011. Vol. 73, No 1, 271–285.

Alberto L. D’Andrea. Genes & Genopolítica. Biotecnología & Nanotecnología al Instante. 09/02/2012.
https://infobiotecnologia.blogspot.com/2012/02/genes-genopolitica.html
Alberto Luis D’Andrea. Genes & Genopolítica II. Actitud conservadora o liberal. Biotecnología & Nanotecnología al Instante. 11/09/2021
https://infobiotecnologia.blogspot.com/2021/09/genes-genopolitica-ii-actitud-politica.html