En sentido muy amplio, la expresión “economía de mercado” es redundante, porque toda economía lo es: las de mercado libre y las de mercado limitado o restringido. Y también la expresión “economía capitalista”, porque toda economía funciona con capital: las que practican el capitalismo para todos y las que le ponen límites, sea en provecho de las oligarquías mercantilistas o de las nomenklaturas socialistas.
En este sentido, el de los países comunistas es “capitalismo de Estado”, porque el capital existe, solo que el Estado es su único propietario y es controlado por las extensas burocracias dominantes en las oficinas del Gobierno y del Partido.
Sin embargo, en China, Vietnam y Laos, desde los años 80 se hacen “aperturas” desestatizantes. Pero las reformas económicas para democratizar el capital no se han acompañado de reformas políticas para democratizar el poder. La pregunta es: ¿habría podido hacerse de otro modo?
Muchos analistas tienen una respuesta penosa: el dominio del Partido Comunista ofrece una base política estable, sin la cual las reformas económicas no se habrían concretado o se habrían revertido al poco tiempo. ¿Y qué hay con los “derechos humanos”? Tal como se ven hoy en Occidente, van contra dos principios claves de la ética confuciana: trabajo duro y valores familiares.
(1) En China, el Partido ha provisto fuertes liderazgos personales y sucesivos, que dieron continuidad al proceso de transición: Deng Xiaoping desde 1978 a 1989; después Jiang Zemin hasta 2003; luego Hu Jintao hasta 2013; y ahora Xi Jinping. Todos muy comprometidos con las reformas y los mismos lineamientos.
No fue así, por ejemplo, en Rusia, donde Gorbachov en los 80, Yeltsin en los 90 y luego Putin no han tenido exactamente la misma agenda, y las reformas han sido mucho menores que en China.
En Vietnam y en Laos, dos países de la ex Indochina francesa, también el Partido Comunista ha dado continuidad a las reformas, pero no con liderazgos personales sino colegiados. Y, al igual que en China, no se pronuncia la palabra “capitalismo” ni se habla de libre mercado. Para disfrazar las cosas, usan expresiones que nos suenan extrañas; pero la vieja jerga comunista típica ya es cosa pasada, y no fue sustituida por la neojerga “políticamente correcta” del marxismo cultural, como en América Latina.
(2) En Vietnam se dice “Doi Moi”, que se traduce como “renovación”. En 1976, tras la guerra de Vietnam y la reunificación del país, el Comité Central del Partido Comunista se expandió de 77 a 133 miembros, y el Politburó de 11 a 17, porque la membresía se duplicó de 760 mil personas en 1966 a 1,5 millones en 1976: el 3,1% de la población. En 1986 subió a los 2 millones, y las reformas se iniciaron ese mismo año, dando paso al eufemismo de la «economía de mercado orientada al socialismo».
En todos los países, los partidos son vehículos de ascenso social, además de cumplir su papel natural como intermediadores y de ajuste continuo entre la oferta política —es decir, las medidas y decisiones relacionadas con las funciones estatales— y la demanda política, esto es, las necesidades de la convivencia social: orden, seguridad y justicia, e infraestructura física.
Esto es algo que los tercos seguidores de la fantasía “anarco-capitalista” rothbardiana se empeñan en ignorar y negar; pero no son vanas teorizaciones en el papel: son hechos duros y realidades obstinadas.
En Vietnam es igual, solo que no hay varios partidos, sino uno solo. Sin embargo, ese partido único legalizó primero y después incentivó la creación y desarrollo de empresas privadas, en base a mercados cada vez menos regulados. En los años 90, muchas empresas estatales fueron privatizadas y luego no volvieron a reestatizarse, como ocurrió en América Latina al compás del “péndulo” político, que oscila entre los polos neoliberal y neocomunista.
(3) En Laos, tras una terrible guerra civil de 12 años (desde 1963 hasta 1975), los guerrilleros del Pathet Lao instauraron un comunismo salvaje que tuvo la virtud de “vacunar” a la gente contra el socialismo. En 1989 comenzaron las reformas, dos años después de Vietnam, bajo la égida del Partido Popular Revolucionario (PPR), que introdujo lo que llamó «nuevo mecanismo económico» (NME).
Fue una agenda para atraer inversión extranjera, reducir los espacios estatales, privatizar empresas públicas e ir legalizando progresivamente las iniciativas comerciales de la gente. También implicó la creación de reglas de juego claras, estables y previsibles para los negocios privados.
Así, Laos lleva una década creciendo al 7% anual y ha cuadruplicado su ingreso per cápita en ese período. El Banco Mundial sostiene que será una de las economías de la región que más crecerá próximamente. La transición ha gozado de relativa normalidad, explicaba el antropólogo e historiador australiano Grant Evans (1948–2014) en A Short History of Laos (2003), porque «la mentalidad socialista no tuvo una penetración tan honda como en China y Vietnam» (o en América Latina, cabría agregar).
(4) La historia de Camboya es la más atroz del área, lo cual ya es decir mucho en una región profundamente marcada por calamidades políticas y militares. La guerra de Vietnam se libró en gran parte en territorio camboyano. En 1975 comenzó el “genocidio camboyano”, con el Khmer Rojo y su sádico líder Pol Pot. Terminó en 1979 gracias a la invasión de Vietnam, pero dejó a Camboya como un país satélite bajo un comunismo algo menos sanguinario.
En los años 80, los conflictos internos se volvieron insoportables y la ONU restauró la monarquía en 1991, pero con un sistema multipartidista que no funcionó, por lo que muchas reformas económicas quedaron en meras intenciones.
(5) ¿Y qué pasa en Birmania, Malasia, Filipinas e Indonesia? Lo mismo que en América Latina: no hay partidos fuertes pro desarrollo; por lo tanto, no hay desarrollo.
Lo expuesto, sobre todo a propósito de Camboya, no pretende justificar el “capitalismo de partido único”, sino describirlo y explicarlo. He escrito otros artículos sobre el mismo tema: el contexto político de las reformas pro mercado y la vía al capitalismo liberal.
Los hechos demuestran que, para tener éxito y ser duraderas, las reformas requieren partidos políticos —y, en lo posible, partidos “completos”—, es decir, con cuatro dimensiones: ideológica, representativa, programática y electoral; bien estructurados, implantados y comprometidos con la transición.
De otro modo, las reformas no se hacen o terminan siendo revertidas, como en nuestra América.
(1) En países con sistemas multipartidistas, al menos un partido ha liderado la transición, generalmente a la cabeza de una alianza que expresa una coalición de intereses y opiniones a favor de las reformas.
(2) En sistemas bipartidistas, la transición ha sido encabezada por el partido de derecha, sin ambigüedades ni retrocesos.
(3) En sistemas monopartidistas, nos guste o no, la transición no es democrática: la conduce el único partido existente.
(4) Y en países con partidos débiles o predominantemente socialistas, como en África y América Latina, donde casi no hay partidos de derecha, es necesario crearlos.