¿Es hora de cambiar los exámenes finales universitarios?

Durante décadas, rendir un examen final fue casi un ritual universitario. Un estudiante solo frente a una hoja en blanco o frente a un tribunal, intentando demostrar cuánto recuerda de todo lo que estudió. Fechas, teorías, fórmulas, definiciones, resolución problemas. Saber, en el sentido más clásico del término. Pero la pregunta que empieza a asomar con fuerza es incómoda: ¿eso alcanza hoy?

Vivimos en un mundo donde la información está a un clic de distancia. Lo que antes era valioso porque era escaso, el dato, la teoría, el concepto,  hoy es abundante. Nadie necesita memorizar grandes volúmenes de información cuando puede acceder a ellos en segundos. Sin embargo, lo que sigue siendo escaso es otra cosa: la capacidad de hacer algo con esa información.

Dice el educador Philippe Perrenoud:

Un simple erudito, incapaz de movilizar sus conocimientos de manera apropiada será, frente a una situación compleja, que exige una acción rápida, casi tan inútil como un ignorante.

El problema no es el conocimiento. El conocimiento es indispensable. El problema es confundir conocimiento con competencia. Un estudiante puede recitar perfectamente un marco teórico y, sin embargo, paralizarse frente a un problema real. Puede definir innovación sin haber creado nada. Puede explicar metodologías sin haber diseñado nunca un proyecto propio. Aprobar no siempre significa saber actuar.

Tal vez el examen tradicional responde a una universidad que ya no existe. Una universidad pensada para otra época, más cercana a la lógica industrial: medir, clasificar, estandarizar. Pero el mundo actual funciona distinto. Es dinámico, interdisciplinario, complejo e incierto. Exige creatividad, adaptación, pensamiento crítico y, sobre todo, capacidad de transformar ideas en resultados concretos.

Por eso empieza a tener sentido plantear un cambio profundo: que los finales (y la educación) no estén centrados en el “saber” sino en el “saber hacer”. Que en lugar de estudiar para repetir, los estudiantes trabajen para crear. Que el cierre de una materia no sea una prueba de memoria sino un proyecto, un prototipo, una intervención, una aplicación, un diseño, una propuesta innovadora.

No se trata de eliminar la teoría, sino de ponerla en movimiento. Si alguien realmente entiende un concepto, debería poder aplicarlo. Si domina una herramienta, debería poder usarla. Si comprende un problema social, tecnológico o científico, debería poder plantear una solución posible. El conocimiento que no se traduce en acción corre el riesgo de quedarse en discurso.

Además, el mundo profesional ya funciona así. Nadie contrata a alguien por la cantidad de páginas que puede repetir, sino por lo que es capaz de producir. Lo que importa no es cuánto sabe una persona, sino qué puede hacer con lo que sabe. Diseñar, analizar, resolver, construir, innovar. Esa es la verdadera prueba.

Claro que cambiar el sistema no es simple. El examen tradicional es cómodo, medible, rápido de corregir. Un proyecto exige más tiempo, más acompañamiento, más compromiso institucional. Pero también genera algo que el examen rara vez logra: aprendizaje profundo. Porque cuando alguien tiene que crear algo propio, no puede limitarse a memorizar; necesita comprender, integrar, decidir, equivocarse y volver a intentar.

Quizás la universidad del siglo XXI deba animarse a este giro. Pasar del estudiante que rinde al estudiante que produce. Del que repite al que transforma. Del que estudia para aprobar al que aprende para hacer. En el fondo, la pregunta no es pedagógica sino cultural: ¿queremos graduados que sepan mucho o graduados que sepan hacer? Tal vez la respuesta más honesta sea que necesitamos ambas cosas, pero con un orden diferente. Primero comprender, sí. Pero finalmente demostrarlo en acción. Porque el conocimiento cobra verdadero sentido cuando deja de ser acumulación y se convierte en creación.

Alberto D’Andrea

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