La Argentina es un país “dólar-dependiente” desde los comienzos de la inflación en la década del 50. Esto es principalmente debido a la falta de moneda, que aún las épocas de precaria calma inflacionaria y cambiaria (Plan Austral, Convertibilidad, primeros 3 años del Kirchnerismo, etc.) no pudieron desterrar el apetito por la moneda fuerte.
Ningún gobierno luego de 1950 logró generar expectativas positivas en la población como para que ésta se decida por las inversiones en pesos, salvo en cortos períodos y por razones meramente especulativas.
Al ser una economía basada en el dólar, la especulación sobre su valor futuro rige las relaciones comerciales en cuanto a la fijación de precios de los productos y servicios que se transan en la economía. De esta manera, nos hemos convertido, los habitantes del país, en especuladores profesionales sin otro objetivo que la subsistencia y la protección de nuestros ahorros.
Lo antedicho generó en los gobiernos una fiebre de controles sobre el dólar ya que el razonamiento básico es: si el dólar no se mueve, la inflación no se dispara. Sin embargo, muchos economistas sostienen que la inflación es multicausal y no sólo consecuencia de la devaluación o del exceso de oferta monetaria. Si bien esto último es “ponerle agua a la leche”, las reglamentaciones, impuestos confiscatorios, legislaciones no acordes con los tiempos que corren, presiones sindicales por salarios impagables, etc. podrían integrar la galería de la multicausalidad comentada.
De esta manera, el anclaje del valor del dólar (o mejor dicho de la paridad peso-dólar), se muestra ineficiente como única herramienta para controlar la inflación si las otras variables siguen un rumbo impreciso. La prueba más reciente es que la inflación en nuestro país está promediando un 4% mensual cuando la devaluación del peso es de “apenas” el 1% mensual, y las cotizaciones financieras y paralelas se están desprendiendo de ese camino y comienzan a tener “vida propia” ya que es la forma que encuentra la gente para proteger sus ahorros ante la desconfianza por el futuro inmediato.
¿Qué bienes de la economía tienen sus precios relativos distorsionados por el impacto de este “anclaje”?
Veamos precios dolarizados: Un caso emblemático es el combustible. Tradicionalmente ha sido la relación 1 litro = 1 dólar teniendo en cuenta que el insumo principal tiene precio transparente en el mercado internacional y los demás elementos necesarios para la producción son importados y por lo tanto atados al precio de la moneda extranjera. Si el valor del dólar oficial está artificialmente controlado y anclado, el impacto será una “ilusión monetaria de ahorro” pero, tal como nos demuestra la historia económica argentina (léase Rodrigazo), más temprano o más tarde el mercado realizará el ajuste correspondiente en función del precio real de la divisa (o sea el precio a que se puede comprar la moneda), y además genera un aumento del déficit fiscal por la incidencia de YPF en el mercado, al igual que restringirá la posibilidad de recibir inversiones en la industria petrolera debido a que la pregunta será: con un precio del producto manipulado por necesidades políticas y con una valor de la divisa extranjera subvaluado al cual se recibirían los dólares de la inversión, ¿quién invertiría en estas condiciones?
Vayamos a la producción agrícola: Al igual que el petróleo, los granos tienen precios internacionales fijados en dólares. Esos precios son referencia de los valores a los que se comercializa la producción internacional y localmente. Pero en este caso tenemos un problema adicional: además que la divisa se maneja artificialmente, el precio interno y la exportación son reguladas y restringidas con lo cual se altera la oferta interna y se genera un mercado negro que significa, en definitiva, que las anclas tienen impacto temporal y el mercado realizará su ajuste.
Gustavo Gosiker
